Una butaca, una lámpara, una mesa que mire a la ventana y estantes con libros que has leído de verdad. Cómo construir la única habitación de la casa que es enteramente tuya.
El despacho es la idea más antigua de la arquitectura doméstica que los hombres siguen queriendo y rara vez consiguen: una habitación, o un rincón de una habitación, dispuesta para leer, pensar y hacer ese tipo de trabajo que no necesita reuniones. No hace falta que sea grande. Hacen falta cuatro cosas bien hechas y una puerta, o al menos el acuerdo tácito de que, cuando un hombre está dentro, está en otra parte.
La butaca
No la silla de la mesa, la butaca de lectura. Una orejera, un sillón club o una buena butaca de mediados de siglo, en piel o en lana gruesa, con los brazos a la altura correcta para un libro y un respaldo que aguante una tarde larga. Es el mueble más importante que un hombre se compra para sí mismo y debería comprarse una sola vez, probarse una hora en la tienda y conservarse treinta años. De 1.500 a 4.000 euros nueva; menos por algo antiguo y retapizado. Al lado, una mesita para el vaso y una lámpara a la altura del hombro.
La mesa
Mirando a la ventana o en ángulo recto con ella, nunca de espaldas a la puerta. Madera maciza, de al menos 140 por 70 centímetros, con un cajón para lo que si no estaría encima. Nada sobre la mesa salvo lo que se esté usando: el portátil, un cuaderno y un bolígrafo. La silla de trabajo, al contrario que la butaca, debe ser una silla de tarea honesta que te sujete la espalda cuatro horas; aquí la belleza es secundaria.
Un despacho no es una oficina. Una oficina es donde se trabaja. Un despacho es adonde va un hombre a pensar, a leer y a que le dejen en paz, y debería amueblarse para eso.
La luz
Tres capas. Luz general de un plafón o de un baño de pared, muy regulada. Luz de tarea de un flexo con bombilla cálida, de 2700 kelvin, apuntada al trabajo y no a tus ojos. Y ambiente: una lámpara junto a la butaca de lectura, una luz de cuadro sobre los estantes y una vela si eres de esa clase de hombre. Apaga el plafón en cuanto anochezca. Una habitación iluminada a la altura de los ojos es una habitación que invita a quedarse.
Los estantes
Libros que has leído, ordenados de manera que puedas encontrarlos y con sitio para los próximos cincuenta. De madera, de suelo a techo si la pared lo permite y con fondo suficiente para los libros grandes abajo. Sin decorar: nada de libros comprados por metros, nada de lomos ordenados por color y nada de objetos delante de los libros. Un estante dice la verdad sobre un hombre, y hay que dejarle decirla.
Qué pertenece a esa habitación y qué no
Una alfombra que cubra casi todo el suelo y calme la habitación. Un buen cuadro, elegido por ti. El equipo de música, si vive aquí, y la estantería de discos debajo. Una bandeja con una licorera y dos vasos. Una ventana que se pueda abrir. Lo que no pertenece: un televisor, una cinta de correr, la impresora, cualquier cosa que sea de otra persona y cualquier cosa en la pared que viniera con un marco de la misma tienda. El despacho es la única habitación donde el gusto puede ser enteramente personal, lo que significa que tarda años en terminarse y nunca está del todo hecho.
Probar la herramienta
Bar de Casa¿Qué puedes preparar esta noche?Preguntas que nos hacéis
No tengo habitación de sobra. ¿Puedo tener despacho igualmente?
Un rincón de un dormitorio o un rellano con una butaca, una lámpara, una mesa pequeña y una estantería es un despacho. La puerta es una cortesía, no un requisito.
¿Piel o tela para la butaca?
La piel envejece mejor y se limpia con un paño; la lana es más cálida y más silenciosa. Un sillón club de piel oscura o una orejera de lana funcionan igual de bien. Evita cualquier cosa que cruja.
¿Y la pantalla?
Un portátil que se cierre. Un segundo monitor si no queda otra, sobre un brazo que se pueda apartar. El despacho debe poder convertirse en una habitación sin pantallas en diez segundos.



